Poema

Verde

Debo confesar en este punto que, de no haber sido por el
espacio que nos hizo falta durante aquella luna,
para el día de hoy, ya te
habría olvidado.
Pero no es
así.

Y no tengo la más mínima intención de cuestionarme el porqué; me voy a limitar a disfrutar de tu esencia cada vez que te tenga cerca, y a devorarme a bocanadas tu voz que combina perfecta con tus miedos. Arráncame la piel cada que puedas, y te enseño que soy inmortal en tus labios de promesa rota.

Tienes un cordón atado a tus dedos, y te gusta rasgarlo de vez en cuando con lo que sobra de tus uñas que muerdes para sentirte libre. No sabes cuánto me gusta buscarte de noche para atar los cabos sueltos entre nosotros, y recordarte que libre ya eras.

Aunque nos gane la risa, nos carcoma la prisa,
me envuelva el sueño y no pongamos empeño,
encontramos siempre el momento perfecto
para hacer lo que mundo cree que es incorrecto.

Me gustas incauta y querida,
me fascinas voraz y perdida.
Atrapado en ti estoy sin salida.
Me recuerdas y vuelvo a la vida.

Te voy a escribir todos los textos que sean necesarios con la punta de tus tacones altos, para que el tiempo nunca borre las letras que me motivas con tus pasos de baile en esta fría ciudad.

Con tu bebida en la mano te vuelves invencible, y al final, el que termina ebrio soy yo. Quizás son gritos desesperados por parte de ambos; tú escalando lentamente mientras te quitas de encima toda la ropa que traes a cuestas y que sientes de más; yo rodando a toda velocidad colina abajo, con la esperanza de estrellarme contigo a mitad del camino.

Qué suerte que tus ojos no son del mismo color que los míos,
pues así puedo distinguir que no estoy frente a un reflejo.
Y aunque el verde nunca ha sido mi favorito,
contigo voy a hacer una excepción.

¿Cómo no amar a unos ojos del tamaño del mundo y con sabor a una aurora boreal?

Llevas zancadas de gigante en una carrera en la que, aunque te quedes quieta con la intención de perder, siempre terminarás en primer lugar.
Y te quedas quieta. Y pierdes.
Y al perderlo todo, ganas.
Me ganas.

Acorta tus saltos de bailarina para ver si por fin podemos caminar juntos y logro seguirte el ritmo, ahora que el tiempo no nos viene persiguiendo y no tenemos ya nada que perder. Después de todo, dicen que nunca es tarde para cumplir tus sueños; y por ti, soplaría un millón de velas hasta que te me cumplas, aunque termine navegando por los siete mares de tanto desear.

Cuéntame una historia en la que los dos estemos intentando salir del mismo agujero, y te prometo que me pongo debajo para que, parada sobre mis hombros, al menos tú alcances la cima y me describas cómo es la luz desde afuera, donde el cielo no tiene límites. Cuidaré hasta de tus pesadillas cuando te quedes dormida, para que los monstruos de tu cabeza y los que habitan debajo de tu cama se vengan a vivir conmigo; déjalos que se enamoren de la oscuridad y del frío que ronronea dentro de mí.

Quiéreme suave,
ámame bonito.

Deséame fuerte,
háblame quedito.

Y aunque no quieras nada,
espéralo todo de mí.

Te voy a explicar en un beso lo que el amor me enseñó en estos años que estuve sin ti.

Tal vez quieras leer

Sin comentarios

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: