Poema

Desenlace

Yo, en la práctica, siempre fui pura teoría.
Conocer a Ana en vísperas de encontrarme
murmurando solitario a
medianoche,
no hizo mucha diferencia.
Sin embargo, puedo decir que aprendí
un poco más de la mitad de las cosas
que ignoraba, gracias a ella
(o por su culpa).

Jamás
pude estar a su nivel.

Era del tipo de persona
capaz de ver con los ojos cerrados;
de pasos cortos, pero firmes;
que lejos de sentir con la piel,
sentía con el alma;
de los que antes de entender, comprenden,
y antes de hablar, escuchan;
era del tipo que juraba siempre con
el corazón en las manos y
no sabía de promesas rotas.

Si les contara respecto a la facilidad
con la que llegó a convertirse
en la esquina superior
izquierda de mi universo,
creerían que no estoy
siendo totalmente
sincero,
pues una mujer como ella,
es atípica, inusual,
desconcertante
e infinita;
furia de viento del norte,
resplandor del sol de verano,
ardiente lava volcánica,
brillantes luces de inverno,
viñedos españoles,
o el desconsuelo de las olas a cuarto de luz que
nunca te traen de vuelta a la orilla.

Y no es que sea yo fatalista,
pero es que, de historias,
sólo sé desenlaces.

—Te seré honesta —me dijo suavemente
y me miró de una forma tan real, que
empecé a creer que mi vida
entera había sido sólo una ilusión.
—Yo no quiero nada —dijo después,
con una voz tan profunda que,
a pesar del tiempo que ha pasado
desde aquel día, aún sigue resonando
en mis huesos.

Dicen que nadie es perfecto
(será que simplemente no han tenido la fortuna de conocerla).

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